¿De qué depende el éxito de la gestión? Talvez esta columna ayude a aclarar algunas cosas…

El del 2003 había sido un golpe muy fuerte para él.
Imaginó que lo había hecho todo, que los éxitos en la gestión Boca parecían haber logrado borrar su pasado de fervoroso menemista, el de los escándalos de Sevel. Ya no era un niño rico, hijo de los empresarios más ricos del país.
Pensó que con este historial sería capaz de ganar, en su debut político, la ciudad de Buenos Aires. No venía del mundo de la política. Militante del establishment, si se permite la metáfora, puso todos sus alfiles a jugar a su favor en la campaña. Fotos con artistas, empresarios prestigiosos, almuerzo con Mirtha Legrand junto al plantel. Sus dos referentes en el club, Guillermo y Palermo lo acompañaban a todos lados.
Desde enero no ejercía más la presidencia formal del club por haberse tomado un período de licencia. Sin embargo, jamás perdió injerencia en los asuntos claves del fútbol.
Hacía un año y medio que Carlos Bianchi lo había plantado frente a todos, tras no querer renovar su contrato, cansado al hostigamiento que se veía sometido por la comisión directiva.
El no lo iba a perdonar. Un año sin títulos lo hizo cambiar. Boca era el puente al éxito de la política y si quería ganar la elección, el club debía triunfar. Como buen empresario pragmático, raro en el, pero típico de su clan familiar, dejó de lado sus ideales y volvió por Bianchi.
El “Virrey” agarró al equipo y lo sacó campeón de América. El “Xeneize” volvía a los primeros planos. Todo parecía apuntar a una clara victoria de Mauricio en la elección. Algo falló. Tras ganar con contundencia en la primera vuelta, fue derrotado con diferencia en la segunda.
Dos cosas lo condenaron: su pasado y las dudas de que su gestión se basaba en la suerte de haber elegido a una sola persona. Su enemigo, el hombre que se animó a plantarlo, a él, uno de los poderosos. Debía construirlo todo nuevamente, desde la imagen y el éxito, por fuera de esa vieja política que siempre aborreció.
Los éxitos continuaron. Pero el Virrey se fue allá por 2004, tras perder una final de Libertadores, sin mediar escándalo. La dirigencia afín trató de tirar basura a su imagen aduciendo que el ex técnico se había quedado con adelantos que no le correspondían.

Tal como en el último “impasse” Boca atravesó una temporada que fue un espiral de fracasos y problemas que le volvieron a denostar que su suerte estaba ligada a la del ex goleador velezano.
El milagro sucedió a mediados del 2005, cuando un recuperado Diego Maradona le recomendó que contrate, a su amigo (del momento) Alfio Basile. A pesar de que todo estaba hecho para que Falcioni sea el DT, se pegó un volantazo. La apuesta fue fantástica. Cinco títulos de cinco torneos disputados, armonía en el plantel, sin escándalos. Por fin, y como para sacarse un peso de encima, se había logrado conseguir titulos en su gestión fuera del ámbito de Carlos Bianchi.
El “Coco” fue cooptado nuevamente por la selección y se tuvo que elegir un nuevo manager. Mauricio volvió a sorprender a todos: LaVolpe. Una decisión personal, exclusivamente suya, cuya argumentación fue la de seguir elevando la marca Boca en el mundo.
Fue el desastre en su máxima expresión. El “Bigotón” perdió un titulo ganado desde la fecha ocho y le impidió al club lograr el primer tricampeonato de su historia.
Maurició comenzó a preocuparse. Ya diputado nacional por la ciudad (testimonial, ya que jamás concurriría a participar de esa bola de discusión política) tenía decidido ir nuevamente por la jefatura de Gobierno.
Boca no funcionaba y el nuevo técnico, Miguel Angel Russo, no le lograba encontrar la vuelta al equipo en la pretemporada. Algo había que hacer para volver a dar ese impacto que le asegurase el triunfo en la ciudad. Tenía que retomar la iniciativa, y tomar una decisión que marcase un cambio radical en la situación del club.
Volvió a quebrar sus principios, esta vez en todas sus expresiones posibles. Decidió contratar a uno de sus enemigos públicos: Juan Román Riquelme. Separado en el Villarreal por diferencias con el chileno Manuel Pellegrini, el enganche había mantenido durante su estancia en la Boca, los mil y un cruces con el presidente.
No solo fue eso, sino que pagó una fortuna por un préstamo de seis meses. Algo inconcebible en el, quien se jactaba de ser un hombre riguroso en los gastos, que llegó a ser apodado por el mismísimo Maradona como “cartonero”, a la hora de pelearse por los “premios”.
Nada le pudo salir mejor. Boca se volvió a coronar campeón de América. Pero con un detalle clave: Riquelme jugó a un nivel pletórico, capaz de hacer temblar el cielo y hacerse un lugar en el Olimpo de los dioses. Nunca se había visto a un JR tan fantástico. Fue “Su” decisión, su apuesta.
Semanas después, tras ganar la elección de la ciudad, no podía dejar de ocultar una sonrisa. Lo había logrado. Talvez creyó que fue por mérito propio, aunque no pudo negar que algo había cambiado respecto a la anterior elección.
Hoy por hoy, Mauricio Macri se cansa de criticar el oneroso contrato de Juan Román Riquelme por todos lados, además de su supuesto rol negativo dentro de un plantel y de su necesidad de refundar Boca. Controla desde Viamonte todo lo que pasa en el club en base a sus diferentes satélites: Beraldi, Crespi, Angelici, Zemborain, Nogeira…
Talvez se olvida, que fue ese jugador, quien gracias a todo su talento, terminó colocándolo en el sillón de jefe de gobierno. Porque la gestión en el fútbol, todo aquello que nos intentó vender tras su paso por Boca, depende exclusivamente de lo que pase en el campo de juego, y fue allí donde Riquelme habló.