Boca no contó con la suerte de la edición pasada, sufrió lesiones, absurdos incidentes y acciones desafortunadas en el campo de juego.

Nota relacionada: Out: No salió ni el tiro del final.
Cada inconveniente sumó un granito de arena a la carga con la que Boca afrontó esta Copa Libertadores. El equipo xeneize no contó con la tranquilidad grupal del año anterior, fue perseguido por las lesiones y además sufrió en carne propia la estupidez de un ¿hincha? que agredió a un juez de línea provocando la suspensión de La Bombonera. Sin suerte ante Fluminense, el último campeón perdió el cetro libertador y mirará desde Argentina la final.
Todo comenzó en la tediosa primer ronda; Boca afrontó un duro grupo con rivales complicados. Sólo consiguió 1 punto de 9 en juego como visitante (empató ante Maracaibo, perdió ante Colo Colo y Atlas), aunque ganó sus tres partidos como local. En la visita a Colo Colo recibió una marca que perseguiría a uno de sus hombres claves: Riquelme se desgarró ante los chilenos y nunca pudo volver a entrenar con normalidad.
A partir de allí, la tarea de Boca para clasificarse fue muy sacrificada: Transpiró sangre para vencer a Colo Colo con un hombre menos casi todo el partido y logró mantenerse con vida, cayó abatido y preocupado ante Atlas y llegó al borde de la cornisa contra Maracaibo, donde con la vuelta de Riquelme venció 3-0 y se clasificó gracias a la victoria de Atlas.
Una irregularidad constante y la escasa presencia de Riquelme marcaron a fuego el andar xeneize por la fase de grupos. Muchos errores defensivos y la persecución de lesiones gravitó en el desparejo rendimiento de Boca.
La eliminación directa depararía otra suerte para el xeneize, al menos en las dos instancias siguientes. El campeón había entrado por la ventana a la segunda ronda, pero estaba vivo, mantenía su estirpe guerrera y prometía dar pelea.
El primer rival, en octavos, fue Cruzeiro. En la ida, Boca jugó un muy buen partido pero erró muchas chances de gol y sólo ganó 2-1. Encima, al final del partido un estúpido hincha arrojó un hielo al juez de línea, provocando el abrupto final del encuentro y, posteriormente, la suspensión por 30 días de La Bombonera.
La vuelta en el Mineirao esperanzó a los detractores xeneizes; pero Boca silenció rumores con autoridad y presencia, sacó a relucir su chapa copera y ganó 2-1 con Palacio y Palermo como figuras. El renacimiento futbolístico del equipo asustó a los rivales.
Los cuartos de final revivieron un partido de la fase de grupos, Boca enfrentó a Atlas como local en cancha de Vélez pero jugó mal y empató 2-2 dejando oscuro el panorama. Sin embargo, el equipo resurgió en la batalla de Guadalajara y asombró al mundo futbolístico tras una epopeya que silenció a todo México: Ganó 3-0 con tres goles de Palermo, el mejor centrodelantero de la historia xeneize.
Ischia había logrado optimizar el rendimiento del equipo: Aceitó la defensa, mejoró la efectividad de los delanteros y recuperó al mejor Battaglia, una de las figuras de Boca.
Fluminense sería el escollo en semifinales; en cancha de Racing ambos equipos ofrecieron un gran espectáculo. Boca jugó mejor pero sólo obtuvo un 2-2. Dos goles de Riquelme terminaron opacados por un tanto de cabeza y un grave error de Migliore que derivó en el empate final.
Sin Caranta, lesionado, Boca sufrió la ausencia de su guardameta titular. Además, Migliore no estuvo a la altura de las circunstancias. La ausencia del templo xeneize que es La Bombonera y la inestabilidad de Riquelme perjudicaban el rendimiento xeneize. Pero el equipo suplía sus déficits con una enorme cuota entrega y sacrificio.
El segundo partido ante Fluminense es historia reciente. El equipo xeneize mereció más, buscó más, fue más pero lo único que encontró fue un golpe a la ilusión. La suerte le soltó la mano. Pero Boca murió en su ley, batallando con todas sus fuerzas y de pie. Habrá revancha, seguro.
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• A los hinchas plumíferos que salieron del pozo del que estaban simplemente decirles: Riverguenza.























